De bodas, feminismo y contradicciones

Kill-Bill-movies-48667_1024_768 Hace unos días dijo un alcalde del PP, que las feministas somos feministas hasta que nos casamos. Y va el tío y se reafirma en sus declaraciones. Y van las políticas de la oposición y se ofenden muy mucho. Y a mí me aburren ya tantas tonterias, y se me ocurren un par de reflexiones.

Decir que las feministas dejamos de ser feministas por casarnos es una sonora gilipollez y sigue redundando en la imaginería patriarcal del feminismo como algo exclusivamente “de mujeres” y de la figura de la feminista como una mujer anti u odia hombres. Esa imagen que tanto interesa por sectaria y excluyente. El feminismo no es uno, son muchos, y en el habitamos y militamos un buen número de mujeres que compartimos nuestras vidas personales y profesionales con los hombres. E incluso vivimos con ellos. Unas casadas, con papeles, otras en convivencia, al gusto de cada y según circunstancias y decisiones personales, y seguimos siendo feministas.

Las feministas que en nuestra vida personal nos movemos en universos masculinos sabemos de lo jodido de la etiqueta. Del cansancio y hastío de estar reivindicando cosas obvias continuamente. También sabemos de las contradicciones del discurso, de la teoría, de la práctica política aplicado a la realidad. A la realidad social y a la realidad personal. ¿Ponernos unos tacones para una reunión, asumir algún que otro silencio, recoger calzoncillos del baño o esperar impacientes una cena a solas con tu chorbo te hacen menos feminista?

Hace ya tiempo que decidí que nadie tenía la capacidad de juzgar mi grado de feminismo, y mucho menos un señor machista que dice chorradas. Tampoco me han gustado los carnets, ni siquiera el de la buena feminista. Ir por la vida con las gafas violeta es una elección tan personal como política, convivas con hombres o no, que nadie debería cuestionar, a pesar de las contradicciones. Contradicciones que en muchas ocasiones únicamente son estrategias de supervivencia.

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